29 mayo 2026

CAPÍTULO 7: EL VESTIDO DE NOVIA

 


CAPÍTULO 7

EL VESTIDO DE NOVIA



El sol brillaba sobre la plaza de Windenburg. Doña Bianca, Antonella, Mariella y Alessandra habían quedado allí para pasar la mañana juntas. Era un día especial: iban a buscar el vestido de novia.


Las cuatro mujeres caminaron juntas entre las fuentes de la plaza, riendo y charlando. Alessandra, con su melena pelirroja ondulada brillando bajo el sol, no paraba de sonreír. Llevaba un outfit urbano y moderno, como le gustaba, con su maquillaje perfecto como siempre.


A su lado, Mariella, con su media melena castaña y sus ojos marcados en negro, caminaba charlando animadamente. El colgante dorado que su padre le regaló a los 10 años brillaba en su cuello, como siempre.


Detrás, las dos madres caminaban en silencio. Doña Bianca, con su pelo castaño largo y liso recogido elegantemente y sus joyas relucientes, tenía el nudo en la garganta. Antonella, con su pelo castaño oscuro y su look refinado, solo tenía ojos para su hija.




El ambiente de la plaza era relajante. Las fuentes brotaban agua y los edificios con sus elegantes escaparates decoraban el paisaje. Era el lugar perfecto para un día tan especial.




Alessandra se paró un momento frente a uno de los escaparates que mostraba vestidos de fiesta. Su pelo pelirrojo resplandecía contra la luz del sol.


—¡Mira ese vestido rojo! Qué bonito —dijo señalando el maniquí.


—A ti te quedará mejor el blanco, cariño —respondió Antonella con una sonrisa.


Las cuatro siguieron caminando juntas, disfrutando de la mañana.




Cruzaron las puertas de la boutique más exclusiva de Windenburg. El lujo las envolvió: suelos de mármol, escalinatas ornamentadas y cristalerías que reflejaban la luz.


Se sentaron un momento en el salón privado para tomar algo antes de empezar. Alessandra, emocionada, miró a las tres mujeres que más quería.


—Sabéis... a veces siento que estoy soñando —dijo Alessandra con esos ojos grises verdosos brillando de emoción—. Dentro de poco seré esposa de Piero. Es el hombre más bueno del mundo.


Doña Bianca apretó ligeramente su taza de café. Mariella, sentada a su lado con sus ojos verdes clavados en el suelo, cruzó las piernas y no dijo nada.


—Eres muy joven todavía, cariño —dijo Antonella con dulzura—. Pero si es lo que quieres, te apoyamos.


—Es lo que quiero, mamá. Es lo que siempre he querido.





Llegó el momento de las pruebas. Alessandra se metió en el probador. Salió con un vestido rosa de lentejuelas que no terminaba de convencerla. Se miró al espejo, dubitativa.


—No sé... me parece demasiado llamativo —dijo Alessandra, girándose ante su reflejo.


—Prueba otro, cariño. No te preocupes —la animó Antonella.




Probó otro más sencillo. Tampoco era "el elegido". Hasta que la vendedora apareció con una caja cubierta de tela.


—Creo que este es el suyo.


Alessandra desapareció tras el cortinado. Cuando salió, el silencio reinó en la sala. Llevaba un vestido blanco de encaje inmaculado, con un velo largo que caía como una nube sobre sus hombros pelirrojos. Las pecas de su cara parecían brillar de felicidad.


Bajó lentamente la escalinata de mármol. Abajo, las tres mujeres la observaban con asombro. Doña Bianca, con sus ojos avellana húmedos, pensó en lo que su hijo le estaba ocultando. Antonella, con sus ojos verdes grisáceos llenos de lágrimas, se llevó la mano a la boca.



Alessandra se acercó al gran espejo de la sala y se quedó contemplándose. El velo caía suavemente sobre sus hombros. El encaje del vestido realzaba su figura. Por un momento, se vio a sí misma como la mujer que siempre había soñado ser.




Se giró hacia donde estaban las demás y sonrió. Su pelo pelirrojo contrastaba con el blanco puro del vestido. Los detalles del encaje se apreciaban en cada pliegue.


—¿Qué tal? —preguntó con voz temblorosa.


—Estás... estás preciosa —logró decir Antonella entre lágrimas.





Mariella se acercó a su futura cuñada y le ajustó el velo con delicadeza. El colgante dorado que nunca se quitaba brillaba junto al blanco del vestido.


—Piero se va a morir cuando te vea —dijo Mariella, forzando una sonrisa.


—¿De verdad me veo bien? —preguntó Alessandra.


—Mejor que bien, hermana.


"Hermana". Esa palabra le quemó la garganta a Mariella.


Mientras Alessandra hablaba con su madre, Mariella se quedó un momento apartada. Se acercó al maniquí que había cerca y se comparó con él. Su estilo era tan opuesto al de una novia tradicional. Con su media melena castaña, sus ojos marcados en negro y su actitud rebelde, parecía de otro mundo. Pero en el fondo, sentía una punzada de envidia al ver a Alessandra tan feliz.


Mariella se acercó a Alessandra y la abrazó.


—Me alegro mucho por ti —dijo Mariella en voz baja.


—Gracias por estar aquí, Mari. Eres la mejor cuñada del mundo.




Antonella se acercó al mostrador para tramitar la compra. El vestido era suyo. Ya no había vuelta atrás.


Mientras tanto, Doña Bianca se alejó discretamente hacia la escalera. Sacó su móvil, miró a su alrededor para asegurarse de que nadie la veía, y con las manos temblando escribió un mensaje a Piero:


"El vestido está comprado. Ya no hay vuelta atrás. Tienes que decirle la verdad a Alessandra. Hoy."


Guardó el móvil y respiró hondo. Por un momento, deseó ser tan inocente como su futura nuera.


Habían pasado horas en la boutique. Cuando salieron, el sol de Windenburg ya había comenzado a bajar. Las cuatro mujeres caminaban bajo la luz del atardecer.


—Gracias por este día, las quiero a todas —dijo Alessandra.


Doña Bianca le acarició el pelo rojo y sonrió.


—Siempre, cariño. Siempre.

Caminaban por la calle principal cuando Mariella se detuvo en seco. A unos metros, saliendo de una cafetería con terraza, estaban dos hombres. Uno joven, con traje marrón y camisa clara. Al lado, un hombre mayor con el pelo completamente canoso y un traje negro impecable.


Mierda. Brant. ¿Y ese hombre?


El corazón le latió tan fuerte que pensó que las demás lo iban a escuchar. Brant aún no las había visto. Estaban de espaldas, charlando tranquilamente.


—Mariella, ¿Qué te pasa? ¿Te sientes bien? —preguntó Alessandra, notando que su cuñada se había quedado parada.


—Eh... sí, sí. Solo que... me he dejado el móvil en la tienda. Volved un momento, voy a por él —dijo Mariella, intentando sonar natural.


—¿Tu móvil? Yo te vi guardarlo en el bolsillo —dijo Antonella con una sonrisa.


—Sí, pero... el otro. El de repuesto. El que llevo para emergencias —se justificó Mariella, dando media vuelta rápidamente.


—¿Emergencias? ¿Desde cuándo llevas un móvil de repuesto? —preguntó Doña Bianca, con los ojos entrecerrados.


—Mamá, por favor. ¿Puedo ir a por él o no?


Sin esperar respuesta, Mariella se alejó a paso rápido en dirección contraria a la cafetería. Agachó la cabeza y se metió por una calle lateral, respirando con dificultad.

Brant y el hombre mayor seguían hablando frente a la cafetería, ajenos a lo que acababa de pasar. La terraza estaba iluminada por las luces de las farolas. Un lugar tranquilo para una charla de familia.


—¿Cómo va el negocio, padre? —preguntó Brant.


—Bien, hijo. Pero hay cosas de las que debemos hablar pronto —respondió el hombre mayor con su voz grav



Desde su escondite, Mariella vio cómo Brant se daba la vuelta. Por un segundo, sus miradas se cruzaron. Brant frunció el ceño, confuso al ver a esa chica de pelo castaño huyendo por una callejuela. Pero Mariella ya había desaparecido. Al fondo, su silueta se perdía en la oscuridad de la calle.


—¿Todo bien, hijo? —preguntó el hombre mayor.


—Sí, padre. Nada. Pensé que conocía a alguien, pero me he equivocado —dijo Brant, metiéndose las manos en los bolsillos.


Mariella seguía corriendo sin mirar atrás. Su corazón latía a mil por hora. No sabía quién era ese hombre que acompañaba a Brant, pero había algo en él que le resultaba familiar y no sabía por qué.


Lo que ninguno de los dos sospechaba era que ese encuentro casual en las calles de Windenburg era mucho más peligroso de lo que parecía. Y que los secretos que ambos escondían tenían el poder de destruirlo todo.














El vestido de novia ya tiene dueña... 👰


Pero detrás de los reflejos y la ilusión, las sombras acechan. Bianca ha lanzado su ultimátum. Mariella ha huido de lo que más desea. Y en Windenburg, alguien cree haberla reconocido... ¿Cuánto tardarán en descubrirse los secretos que se esconden bajo el blanco inmaculado de ese vestido?


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