Capítulo 10
OASIS
Mariella se miró al espejo por tercera vez. Se había puesto el vestido negro, se había dejado el pelo suelto y había cogido el colgante dorado entre los dedos antes de dejarlo caer sobre el escote. Su padre, su ancla, también en los días en que se sentía más lejos de él que nunca.
No le había dicho a nadie adónde iba. A su madre le había dicho que salía a dar una vuelta. A Estefan ni siquiera eso —estaba con los cascos puestos como siempre—. Y Piero no estaba en casa. Mentiras. Otra vez mentiras. Pero era la única forma de vivir la única parte de su vida que de verdad sentía viva.
Salió de casa con el corazón latiéndole rápido, como siempre que iba a verse con Brant. Había algo en la anticipación que la hacía sentir viva y aterrada a partes iguales —la misma mezcla que Alessandra había descrito como "muy romántica y muy peligrosa". Tenía razón. Pero Mariella llevaba demasiado tiempo eligiendo lo seguro, lo correcto, lo que los demás esperaban de ella. Hoy no. Hoy iba a elegir lo que quería.
El trayecto hasta Oasis Springs le pareció más corto que otras veces. Esta vez habían quedado allí —siempre cambiaban de sitio, como si rotar de ciudad fuera la única forma de que nadie los reconociera—. La vez anterior había sido en San Sequoia, demasiado cerca de casa, demasiado riesgo. Hoy tocaba Oasis Springs, y Mariella se sentía más tranquila. Brant le había escrito la noche anterior —"Nos vemos mañana"—, y esas tres palabras habían sido suficientes para que durmiera mejor que en semanas. No bien. Nunca bien del todo. Pero mejor.
Cuando llegó al parque, lo vio de lejos. Brant estaba sentado en un banco junto al estanque, con una manta de picnic extendida sobre la hierba y una cesta a su lado. Llevaba la camisa blanca abierta y esas arrugas alrededor de los ojos que a ella tanto le gustaban, esas que solo se tienen cuando se ha vivido de verdad. Al verla, se levantó y le dedicó una sonrisa que la hizo sentir, por un momento, que no había nada más en el mundo.
—Has venido —dijo él, como si cada vez se sorprendiera de que ella siguiera apareciendo.
—Siempre vengo —respondió Mariella, y lo dijo con una firmeza que no dejó lugar a dudas.
Se acercó a él y Brant la recibió con un beso en la mejilla que se quedó un segundo más de lo normal, como si no pudiera evitarlo. Mariella sintió el calor de sus labios en la piel y cerró los ojos un instante. Luego él la tomó de la mano y la guio hacia la manta.
—He traído cosas —dijo, señalando la cesta con orgullo—. No me fío mucho de mis habilidades culinarias, así que he comprado todo hecho. Pero he elegido bien, creo.
Mariella se rio. Era imposible no reírse cuando Brant se ponía así —tan grande, tan seguro en todo lo demás, y tan torpe cuando intentaba impresionarla. Se sentó en la manta y dejó que el sol de Oasis Springs le calentara la cara mientras él sacaba queso, fruta, pan y una botella de algo que parecía limonada.
—¿Limonada? —levantó una ceja—. ¿No tendrías vino?
—A las dos de la tarde, con este calor, no —dijo él, sirviendo dos vasos—. Además, quiero recordarlo todo. Y el vino no ayuda con eso.
Mariella cogió el vaso y lo miró a los ojos. Había algo en la forma en que Brant hablaba, en cómo elegía las palabras, que hacía que todo pareciera más importante. Como si cada frase tuviera peso, como si nada de lo que decía fuera casual.
Comieron despacio, sin prisa, como si el tiempo no existiera. Brant le habló de un libro que estaba leyendo, de algo que había visto en la tele que le había hecho reír, de un sitio donde había vivido antes y que a veces extrañaba. Mariella lo escuchaba y asentía, pero sobre todo lo miraba. Lo miraba como se mira a alguien a quien quieres memorizar, por si un día no puedes volver a verlo.
—¿Qué? —preguntó él, notando que ella lo observaba.
—Nada. Estaba pensando en lo raro que es esto.
—¿Raro?
—Que te conozco mejor que a nadie y no sé cómo te apellidas.
Brant se quedó callado un momento. Luego sonrió, esa sonrisa suya que era mitad diversión y mitad melancolía.
—Tampoco sé el tuyo.
—Lo sé.
—¿Quieres que te lo diga?
Mariella lo pensó. De verdad lo pensó. Porque saber su apellido significaba sacarlo de la burbuja, darle un nombre real, una familia real, un mundo real. Y en ese mundo real, la diferencia de edad importaba. La gente juzgaba. Su familia juzgaría.
—No —dijo al final—. No todavía.
Brant asintió, como si lo entendiera. Y quizás lo entendía de verdad, porque tampoco él había insistido nunca en saber más de lo que ella quería contarle. Era parte de lo que funcionaba entre ellos: la capacidad de estar juntos sin exigir nada más que el momento presente.
Después de comer, se levantaron y caminaron por el parque. Brant le pasó el brazo por la cintura y Mariella se dejó llevar, sintiendo su cuerpo cerca, su calor, su mano en la cintura como si fuera el lugar más natural del mundo. Y lo era —cuando estaba con él, todo era natural. El estanque brillaba bajo el sol, los lirios flotaban sin prisa, y ellos caminaban despacio, como si no tuvieran ningún sitio donde ir ni ninguna hora a la que volver.
—Me gusta esto —dijo Mariella—. Poder caminar así, sin esconderme.
—Aquí nadie nos conoce —dijo Brant, apretándola un poco más contra él—. Podemos ser lo que queramos.
Mariella sonrió. Porque tenía razón. Aquí no eran "la hija de Leonardo" y "el hombre mayor". Eran solo dos personas que se querían, caminando junto a un estanque, con el sol de la tarde cayéndoles encima. Y eso, tan simple, tan normal, era todo lo que ella quería.
Cuando volvieron a la manta, Mariella se tumbó y miró al cielo. El azul de Oasis Springs era distinto al de San Sequoia —más claro, más caliente, como si el sol se hubiera quedado más tiempo del necesario—. Brant se tumbó a su lado y ella notó su cuerpo cerca, el calor que desprendía, el ritmo de su respiración.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
—En que me gustaría que todos los días fueran así.
Brant no dijo nada. Simplemente alargó la mano y le apartó un mechón de pelo de la cara, con una delicadeza que la hizo cerrar los ojos. Su dedo le rozó la mejilla y Mariella sintió que todo lo que llevaba dentro —el miedo, la culpa, el secreto— se quedaba quieto, como si su toque fuera capaz de silenciarlo todo.
Abrió los ojos y lo encontró mirándola. No con deseo —bueno, también con deseo—, sino con algo más profundo, algo que Mariella solo había visto en él. Como si la viera de verdad, no solo la superficie, sino todo lo que había debajo: la chica que lloraba por las noches, la que escondía su relación, la que tenía miedo de su propia familia.
—Eres hermosa —dijo Brant, y lo dijo sin adornos, sin grandilocuencia, como si fuera un dato objetivo, como si fuera algo que simplemente era cierto.
Mariella sintió los ojos arder. Porque nadie la miraba así. Ni siquiera ella se miraba así.
Se incorporó y se acercó a él. Brant la recibió con los brazos abiertos y ella apoyó la cabeza en su pecho, escuchando su corazón, sintiendo sus manos en la espalda, dejándose abrazar como si fuera lo más natural del mundo. Y lo era. Aquí, en este parque, en esta manta, con este hombre —era lo más natural del mundo.
El sol empezaba a bajar cuando Brant la besó. No fue un beso precipitado ni urgente —fue lento, deliberado, como si tuviera todo el tiempo del mundo y no quisiera gastarlo en nada que no fuera ella. Mariella se dejó llevar, porque con Brant siempre se dejaba llevar, porque con él no tenía que ser la hija de, la hermana de, la nieta de —simplemente era Mariella, y era suficiente.
Se besaron en la manta, con el sol naranja de Oasis Springs cayéndoles encima, y Mariella pensó que si el mundo se acababa en ese momento, no le importaría. Porque por una vez en su vida estaba exactamente donde quería estar, con exactamente la persona con la que quería estar, y nada de lo que pasara después podría quitarle eso.
Después, se quedaron un rato más. Caminaron despacio junto al estanque, Mariella apoyada en el hombro de Brant, él con el brazo alrededor de ella, como si llevaran así toda la vida. Hablaron de cosas sin importancia —una película, una canción, algo que él había visto por la calle—, y Mariella se dio cuenta de que eran esas pequeñas cosas las que más le gustaban. No solo los besos, no solo los momentos intensos. Sino esto: estar juntos, no decir nada importante, y sentir que era suficiente.
Cuando el sol desapareció del todo, se levantaron y recogieron la manta. Caminaron juntos hasta las mesas que había cerca del parque, donde la luz de las farolas creaba un ambiente más íntimo, más cercano. Brant la cogió de la mano y ella no lo soltó.
—No quiero que se acabe el día —dijo Mariella, y le salió sin pensar, con una honestidad que solo tenía con él.
—A mí tampoco —respondió Brant, y le apretó la mano.
Se sentaron en una de las mesas, bajo las farolas, con la noche de Oasis Springs envolviéndolos. El aire era más fresco, pero no frío —era esa temperatura de verano que invita a quedarse fuera un rato más—. Brant le acercó el vaso de limonada y ella bebió un poco, aunque lo que de verdad quería era que el tiempo se detuviera.
Él la miró con esa mirada suya, la que era capaz de leerla entera sin decir una palabra.
—¿Vas a estar bien? —preguntó.
—¿Por qué lo dices?
—Porque te veo triste. Ahora mismo, aquí conmigo, te veo triste.
Mariella bajó la mirada. Brant la conocía demasiado bien —mejor que nadie, mejor que ella misma a veces—. Y no podía mentirle. No a él.
—No estoy triste. Estoy… —buscó la palabra—. Estoy asustada.
—¿De qué?
—De que esto se acabe. De que alguien nos vea. De que mi familia lo sepa y todo cambie. —Se tocó el colgante dorado—. De que lo pierda antes de tenerlo del todo.
Brant la miró un momento y luego se inclinó para besarla. Un gesto lento, íntimo, que la hizo sentir que todo iba a estar bien aunque supiera que no era cierto.
Se separaron despacio, pero Brant no la soltó. La miró a los ojos, con esa seriedad que solo usaba cuando iba a decir algo importante, y Mariella sintió que el corazón se le aceleraba.—Mariella —dijo él, con voz grave—. Quiero que sepas lo mucho que te quiero.
Las palabras se quedaron flotando entre ellos, como si la noche misma las hubiera detenido para que Mariella pudiera saborearlas. Llevaba semanas esperando escucharlas. Semanas diciéndolas en voz baja, dentro de su cabeza, cuando no podía dormir. Y ahora, por fin, estaban fuera.
—Yo también te quiero —susurró ella, con los ojos brillantes—. Llevo semanas queriéndotelo decir.
Brant sonrió, aliviado, y se inclinó para besarla de nuevo. Pero esta vez, cuando sus labios se separaron, él la miró con una intensidad distinta.
—Quiero que sepas algo más —dijo—. Quiero hacer el amor contigo. No hoy, no aquí… pero quiero que sepas que lo quiero. Y quiero que sepas que esperaré a que estés lista, el tiempo que haga falta.
Mariella sintió que el corazón se le detenía un instante. La propuesta de Brant era todo lo que llevaba semanas deseando en silencio —y a la vez era demasiado, demasiado pronto, demasiado real. Pero también era verdad: ella lo quería. Lo quería con cada fibra de su cuerpo. Solo que no así.
—Brant… —le puso un dedo en los labios, suave—. Yo también lo quiero. Pero no aquí. No en un parque. Cuando… cuando pasé, quiero que sea especial. A solas. Solo tú y yo. ¿De acuerdo?Brant la miró un momento, luego asintió. Le cogió la mano y se la llevó a la mejilla, como si fuera lo más precioso del mundo.
—De acuerdo. Solo tú y yo. Cuando tú digas.
Y por primera vez en toda la noche, Mariella dejó de tener miedo. Se besaron otra vez. Esta vez de pie, bajo las farolas, sin importarles si alguien los veía. Y por primera vez en mucho tiempo, Mariella no tuvo miedo. No allí. No con él. No en ese parque de Oasis Springs, donde nadie sabía sus apellidos, donde nadie conocía sus familias, donde podían ser dos personas cualquiera que se querían y punto. Como en todos los sitios donde se veían —cada vez en un lugar distinto, cada vez lejos de todo—, pero hoy más que nunca.
Caminaron juntos hasta la salida del parque. La noche era cálida y el silencio entre ellos era cómodo, de esos que no necesitan palabras. Cuando llegaron al punto donde siempre se separaban, Brant la abrazó fuerte, como si no quisiera soltarla.
—¿Nos vemos pronto? —preguntó él.
—Pronto —dijo ella, y le dio un beso corto en los labios.
Se separaron. Mariella caminó un trecho antes de girarse. Brant seguía ahí, mirándola alejarse con esa sonrisa que solo le dedicaba a ella. Levantó la mano y él hizo lo mismo. Y ella siguió caminando, con el corazón lleno y vacío a la vez, con la sensación de haber vivido el día más bonito de su vida y el miedo de que también fuera el último así.
El camino de vuelta a San Sequoia se le hizo eterno. Mariella pensó en todo lo que habían dicho, en todo lo que no habían dicho, en lo que Brant había adivinado sin que ella tuviera que explicarlo. Pensó en lo que Alessandra le había preguntado: "¿Lo amas?" Y la respuesta seguía siendo sí. Más sí que nunca.
Pero también pensó en su casa, en Bianca cocinando, en Estefan con los cascos, en Piero con su secreto. Pensó en Leonardo, solo en Tartosa, sin saber que su hija estaba enamorada de un hombre que doblaba su edad. Pensó en todo lo que tendría que enfrentar cuando la verdad saliera —porque la verdad siempre sale, eso lo había aprendido de su propia familia—.
Y entró en casa con la misma sonrisa que la que llevaba al salir, pero esta vez era real. Esta vez no tenía que fingir. Esta vez la sonrisa venía de dentro, de un parque en Oasis Springs, de una manta de picnic, de un hombre que le apartaba el pelo de la cara como si fuera lo más importante del mundo.
—¿Bien la vuelta? —preguntó Bianca desde el sofá.
—Sí —dijo Mariella—. Muy bien.
Y subió las escaleras antes de que su madre pudiera verle los ojos brillantes, porque a veces la felicidad también se parece a las lágrimas, y no estaba preparada para explicar eso. No todavía.
---
✨ *Por unas horas, Mariella dejó de esconderse. En Oasis Springs, sin apellidos, sin familia, sin miedo —fue simplemente ella. Pero las burbujas no duran para siempre, y lo que empieza en secreto tiene la mala costumbre de querer salir a la luz. ¿Cuánto tiempo más podrá Mariella vivir en dos mundos?*
💔 *La próxima vez que se vean, alguien podría estar mirando.*
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